El Blog "Los enemigos del Juez Montenegro" publico hace muy poco una entrevista que hicieran a uno de los mas eminentes procesalistas peruanos, Juan José Monroy Palacios; hijo del también destacado hombre de leyes Juan Monroy Galvez. La entrevista es super interesante, muchas de las cosas que se hablan puedan servir quizás a muchos estudiantes para ver como es la realidad de nuestro sistema jurídico peruano y las valoraciones sobre como o porque debe estudiarse Derecho. Texto publicado en el diario "La Ley" (Año 3, Nº 27), de Gaceta Jurídica.
Nació en Lima hace 33 años. Es hijo de Juan Federico Monroy Gálvez y de Isabel Palacios Meza. Está casado con Paola Sueiro Varhen y es padre de dos niños: Juan Ignacio y Juan Federico. A pesar de su edad, es uno de los procesalistas más reconocidos no solo a nivel nacional sino también a nivel extranjero, lo cual es demostrado por sus rigurosos artículos y ensayos jurídicos, pero sobre todo por su opera prima publicada con tan solo 26 años de edad: Bases para la formación de una teoría cautelar. Junto a su padre, es socio principal del Estudio Monroy Abogados, en donde se dedica intensamente a la elaboración de estrategias para afrontar sus casos y, sobre todo, a la investigación.
1. Profesor Monroy, usted es uno de los más destacados procesalistas del país ¿cómo nació su interés por especializarse en esta materia?
Nací en un barrio pobre de Lince, era el único niño entre varios adultos. El día comenzaba 5 de la mañana y estaba prohibido andar de ocioso. La calle era la diversión, la libertad, el caos, pero en casa todos sin excepción estaban concentrados en su oficio. Sólo se hablaba lo esencial. Mi natural curiosidad de niño me obligaba a saber exactamente a qué se dedicaba cada uno (la abuela que cocinaba, la madre que planchaba y lavaba, la tía profesora, el tío mil oficios, tal como lo había sido mi abuelo, etc.), pero quien más me dejaba fascinado por lo que hacía era mi padre. Vestía de negro y formal pero no andaba de luto; lo escuchaba pronunciar palabras extrañas (“comparendo”, “diligencia”, “desahucio”, etc.), lo veía escribir mucho a máquina y a mano y hasta leyendo libros que no contenían historias, sino párrafos numerados llamados “artículos” (¿?). Todo me parecía extraño, misterioso, pero al verlo cómo iba tan entusiasmado a la universidad y cuán feliz era cuando las cosas salían bien en el trabajo pensaba “esto tiene que ser lo mío”. No recuerdo un día que no haya querido ser como mi papá.Entre esa primera infancia y el final de mi adolescencia hubo un paréntesis en la relación con él que concluyó cuando fue mi profesor en el primer ciclo de Facultad. Ahí el conocimiento de lo que hacía fue cabal y me fascinó desde el principio.A pesar de ser tan distintos, tenemos enormes afinidades y una de ellas es afrontar aquello que mueve nuestras fibras con mística. No sabemos vivir de otra forma.Siempre supe que mi padre quería que yo me dedicara al derecho, pero probablemente no lo habría hecho si hubiera encontrado en otra actividad aquello que aquél y, específicamente, el proceso me da: la posibilidad, en el ámbito particular, de penetrar en el conocimiento del hombre por medio del estudio de los intereses que persigue y de la forma cómo se relaciona con sus pares y con las autoridades de su grupo; y, en el ámbito general, el conocimiento de los factores que permiten el desarrollo social o que, como ocurre con mayor frecuencia, lo obstaculizan.Soy procesalista por la misma razón que si fuera médico sería cirujano, o que si viviera para la literatura fuera escritor, antes que crítico. Aquello para lo que vivo sólo puedo conocerlo cabalmente en la realidad cotidiana, en movimiento. El Derecho real dista mucho de aquél que aparece en los manuales o se enseña en la universidad, por eso para un abogado siempre será insuficiente leer la norma, el tratado o la sentencia, objetos por sí mismos inertes, meras herramientas. El proceso es el punto de encuentro, de aplicación de todas aquéllas con el mundo real. El mundo jurídico adecuadamente entendido forma parte de éste; no se trata de un mundo paralelo, como señalan algunos. Por eso mismo, quien no conoce el proceso, independientemente de que se dedique a tal materia, difícilmente será un abogado en el sentido sustancial de la palabra. A lo mucho quedará como el soldado que se preparó para la guerra toda su vida, pero nunca entró en combate. Mi familia, y con esto vuelvo al inicio de mi respuesta, combate desde sus orígenes, la lucha es parte de su vida, por eso no puedo tener mayor privilegio que ser procesalista.
2. ¿Qué recuerdos tiene de su etapa de estudiante en la PUCP?
Luego del colegio, la universidad fue el trámite más largo de mi vida. Salvo situaciones excepcionales como la experiencia con mi padre, con dos o tres profesores más y el haber conocido a amigos inolvidables, en el plano educativo aquélla interrumpió mi formación. Evidentemente la causa no es atribuible al lugar donde estudié. La crisis de la universidad y, particularmente, el deplorable estado de la formación jurídica constituyen problemas nacionales.Por eso mismo, y ajustándome escrupulosamente al texto de la pregunta, antes que recuerdos de la PUCP, conservo más bien recuerdos de los años en que debía acudir a ella.Antes de mi primera clase de derecho mi padre me regaló un librito de Luis Díez-Picazo titulado “Experiencias jurídicas y teoría del derecho”. A partir de ese momento nació un fervor por leer todo material jurídico que encontrara en casa o en la biblioteca de la universidad. Leía todo el día en mi cuarto, en el comedor, en el jardín. Me encanta leer caminando, así que recorría por horas, una y otra vez, todos los vericuetos de casa, mientras las personas que trabajaban o pasaban por ella me miraban extrañadas como si fuera un autómata. Cada que concluía un libro comenzaba otra operación no menos placentera que consistía en sintetizar lo leído, consignar mis opiniones, si eran críticas mejor, y copiar textualmente las líneas que me parecían esenciales. En 1995 ya existían las laptops, pero nada se comparaba al placer de hacerlo a mano. La memoria, por cierto, es más generosa cuando se trabaja así que a máquina. Llegué a juntar millares, varios kilos de hojas de doble pliego manuscritas que hoy testimonian momentos de sumo placer mientras descubría el mundo del Derecho. Trabajaba hasta que no me dieran las fuerzas, hasta las cinco o seis de la mañana los siete días de la semana. Abusé de mi físico. A veces llegaba del cine o de alguna fiesta y comenzaba mi faena desde las 2 o 3am hasta la madrugada siguiente. Ésta sólo se interrumpía por las comidas familiares o por los partidos de Alianza Lima o la selección, hasta ahora imperdibles para mí.En los días de semana la universidad me dificultaba la existencia. Dos horas después de conciliar el sueño sonaba el despertador o entraba mi mamá a correr las cortinas, pues debía ir a clases. A pesar que soy una persona pacífica no puedo dejar de confesar que más de una vez mis peores sentimientos afloraron cuando tenía frente a mí a la pobre profesora de tributario o al pobre laboralista que explicaban entusiasmados los razonamientos más estúpidamente elementales y mecánicos como si fueran expresión de saberes complejos, altamente valiosos. La currícula de aquellos profesores era tan raquítica de contenido que examinaban a los alumnos a través de pruebas memoristas. Quien mejor retenía los vericuetos de las leyes y reglamentos tributarios pasaba por inteligente. No olvido que muchos compañeros se sentían realmente abogados, que “eso era lo suyo” cuando sacaban la máxima nota. Los apreciaba demasiado como para intentar sacarlos de su estado de satisfacción.Recuerdo una vez que en clase de derecho laboral un profesor, que después fue decano de mi facultad, nos mandó a leer un trabajo de Díez-Picazo sobre las lagunas del derecho. Me entusiasmé. Conocía esa lectura, la tenía resumida, pero la volví a leer e incluso la discutí con mi padre para asegurarme que mi comprensión del texto al menos era válida. En el control de lectura me saqué cero. ¿Por qué? Para verificar que todos hubieran leído o tal vez para ahorrar tiempo en la elaboración de la prueba o en su posterior corrección, el profesor no tuvo mejor idea que preguntar qué dijo el autor “en la nota a pie 66 de su texto”.Me rebelé silenciosamente frente a esa realidad que consideraba triste y decadente. Dejé muchos cursos a mitad de camino; otros los pasé a duras penas intentando memorizar cosas que sabía olvidaría la noche misma del examen. Por lo demás, seguía con mi rutina paralela de lecturas y resúmenes. Al poco tiempo comencé a escribir. Primero borradores, bocetos; luego en revistas especializadas. Terminé mi tesis dos años antes de acabar la carrera. No habría soportado la universidad si mis padres no hubieran sido tan indulgentes en cuanto a las notas y mi asistencia a clases. Afortunadamente no son bobos, distinguen lo esencial de lo prescindible y siempre se limitaron a aplicar el rigor a lo primero.Mi madre intuyó desde el principio que mi rechazo a someterme a una formación chata y mediocre era sincero y siempre creyó en mí y en lo que paralelamente hacía. Mi padre, por su lado y a pesar que muchos de mis profesores eran sus amigos y otros incluso fueron profesores suyos, comprendió que en efecto no tenía sentido insistir en que me sometiera a esa formación. Una vez le conté que en “introducción a las ciencias jurídicas” nos enseñaban a elaborar un “arbolito” para comprender y solucionar un caso y que, ante un problema concreto, cuando le pregunté al pobre jefe de prácticas a quién o a quiénes se debía demandar y qué pretensiones se debía dirigir contra cada uno de los sujetos involucrados no supo qué contestarme, pues dentro del esquemita que previamente había preparado con el profesor del curso, ni siquiera consideró que ese era un tema relevante. En otra oportunidad, le comenté que su compañero de promoción, el profesor de obligaciones, tomaba exámenes con preguntas cuyas alternativas iban desde la letra a) hasta la letra r); y, finalmente, para no abundar en más ejemplos, le conté que en el curso prometedoramente llamado “derecho constitucional comparado” el profesor se dedicó todo el ciclo a llegar media hora tarde y a comentar anécdotas de sus lecturas de la guerra con Chile, tema sin duda apasionante, pero sin duda ajeno a la materia que debía dictarse.En conclusión, guardo magníficos recuerdos personales de mi paso por la universidad. En el plano académico, sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Aprendí al menos que i) la competencia no sería tan dura (¿cuántos abogados peruanos leen, por lo menos, cinco libros jurídicos al año? No más del 0.01%. ¿Cuántos profesores de derecho sabrían cómo elaborar una demanda, cómo argumentar eficazmente contra otro abogado y conducir un proceso exitosamente hasta la sentencia? Una menor proporción aún) y ii) si realmente algún día deseaba considerarme un jurista, los auténticos maestros a quiénes seguir, admirar y, si es posible, superar se encuentran en otras latitudes.Aquí todo es estremecedoramente superficial. Profesional y académicamente vivimos una época distinta a la de 20 años atrás. El peso adicional que suponía ser hijo de un gran jurista o de un dueño de un bufete prestigioso o, tal vez, de un legislador del Código Civil del 36’ era determinante; hoy equivale a cero. Los mejores abogados del país, y me satisface apreciar que hay mucho talento entre los colegas de mi generación, deben su estatus y sus logros más a su esfuerzo personal y a su formación en el exterior que a la universidad. Brindo por eso y porque esta lluvia de profesionales serios limpie la suciedad anquilosada que aún padecemos en la universidad.
3. Es conocido el episodio de su vida narrado por su padre, el Prof. Juan Monroy Gálvez, en donde cuenta que usted quería ser juez ¿Aún mantiene este deseo?
Con el paso de los años, y son más de quince los que tiene esa anécdota, es imposible que las percepciones y deseos no sufran una metamorfosis, al menos parcial. Pienso que la historia e incluso algunos hechos contemporáneos como la condena a Fujimori ratifican mi intuición juvenil: pocas cosas pueden resultar más honrosas que ser juez. Pero creo haber encontrado otra verdad con la misma autoridad: no todos estamos preparados para serlo. La realidad de nuestro Poder Judicial basta para ratificar esto último.Al ver un expediente, un millar de documentos que explican la posibilidad de un nuevo caso siento el mismo rechazo que la mayoría de personas; mi primer pensamiento es que resulta mil veces mejor dedicarse a leer literatura, por ejemplo. Sin embargo, al tiempo que empiezo a acumular información sobre el caso surge en mí una pasión innata, un deseo de conocer hasta el último detalle del problema jurídico, sopesarlo e intentar darle solución. Me encanta ese ejercicio. Siento un placer indescriptible a medida que voy conociendo la forma cómo se produjo el problema y las hipótesis que voy ensayando para encontrarle salida.No me siento con aptitud para ser juez porque no sé mantener las distancias. Soy demasiado parcial y apasionado con la parte que considero tiene la razón y no descanso hasta ensayar una estrategia y activar los mecanismos para comenzar a arreglar el problema o evitarlo, si fuera el caso.Es curioso, sin embargo, advertir que, a diferencia de mi padre, no disfruto los avatares del día a día propios de la actividad forense: entrevistarme con los jueces, asistir a las audiencias, reunirse con los clientes, etc. Veo que él vive intensamente aquello y que lo goza a plenitud. Por mi lado, en cambio, una vez preparada la estrategia, corregida la demanda, la contestación, el pedido cautelar, el recurso de apelación o de casación, es decir, una vez echada a rodar la pierda, aguardo la llegada del siguiente caso. Sólo retorno al anterior en los momentos donde es posible reconfigurar la estrategia, reforzarla, adecuarla o tal vez alterarla si acaso la situación lo amerita.Como decía Calamandrei, el proceso es la versión civilizada de la guerra, de los enfrentamientos bélicos en general. Consecuentemente, no hay uno, sino distintos niveles desde los cuales se puede vivir la experiencia procesal: tomando la distancia del científico, involucrándose al máximo desde las trincheras como un soldado o desde un punto más panorámico, diseñando las estrategias esenciales a partir de los cuales se definen maniobras específicas. Ese es el lugar que me gusta y creo hacerlo bien. Soy básicamente un estratega; me estremecen los casos difíciles y los desafíos a primera vista insolubles; tengo cierta habilidad para encontrar los puntos débiles de la contraparte, explotarlas al máximo y vencerlo a la finalización del proceso; para todo lo demás, que va desde ponerse la corbata por doce horas, caminar por el centro, acelerar trámites, hablar con especialistas y, en general, para todo lo que tiene que ver más con el ejercicio de la profesión que con el Derecho mismo, soy consciente que muchos me superan.En mi centro de trabajo nos comportamos como los primeros jueces del cliente. Si el caso está perdido porque simplemente quien pide asesoría no tiene la razón, lo devolvemos en el día. Si lo asumimos es porque creemos firmemente en su posición. Diseño la estrategia a seguir y otro abogado, con más oficio para esas actividades, se encarga de ponerla en práctica bajo mi supervisión.El plano netamente intelectual, aquél que se encuentra ligado al estudio del proceso y al perfeccionamiento de nuestra legislación me resulta tan seductor y atrayente como el primero. La gran diferencia es que aquí la recompensa es superior porque no sólo se persigue el beneficio del cliente, sino uno de mayor amplitud: el perfeccionamiento de la tutela de los derechos de los miembros de la comunidad. En esos dos contextos se desenvuelve mi actividad como abogado. Allí creo moverme como pez en el agua. Ser juez es maravilloso y admiro a quienes lo hacen con pulcritud e inteligencia, pero con el tiempo he advertido que eso no es para mí.
4. ¿Qué es lo que piensa del juez peruano?
En una sociedad marcada por tantas privaciones, donde el estado de los servicios públicos esenciales no logra ser siquiera medianamente decente, la posibilidad de ver en la judicatura un cuerpo profesional eficiente y respetable es tan utópico como decir que nuestros profesores o médicos adscritos al servicio público desempeñan una labor destacada.Salvo honrosas y hasta heroicas excepciones, el juez peruano es víctima y victimario a la vez: padece del olvido estatal, que suele colocarlo como la quinta rueda del coche, pero también es presa del desprestigio social por desempeñar una labor tan deficiente. Son muchos los problemas que atacan simultáneamente a los jueces, como a cualquier otro funcionario público, y hasta la fecha nadie ha podido darle una solución razonable a su condición: reciben sueldos insuficientes, su formación profesional (como la del promedio de los abogados) es pobrísima, su integridad moral es objeto de permanente crítica y la enorme carga de trabajo a la que se encuentran sometidos les impide siquiera pensar en la posibilidad de involucrarse en un cambio profundo que revolucione la calidad del servicio que otorgan.Vivimos un estado tan calamitoso que aquellos requisitos que en otras latitudes son considerados sine qua non para ser juez acá se cuentan como virtudes, lo cual es un error de percepción muy sensible porque crea una imagen distorsionada, incompleta de aquello que esperamos de nuestros jueces. La honestidad, por ejemplo, ha adquirido prácticamente un valor supremo cuando debería constituir un mínimo indispensable. El resultado es que encontramos no pocos jueces que ostentan tal calidad, pero que en su ejercicio profesional dejan mucho qué desear. Se encuentran tan mal preparados que son perfectamente capaces de borrar todo aquello que su decencia puede tener de beneficioso. La situación de algunos jueces anticorrupción o de otros que arribaron al Tribunal Constitucional resulta paradigmática. Creo firmemente en la honestidad de muchos de ellos pero los descalabros que han causado y causan con sus decisiones borran todo lo positivo que de ellos se esperaba.El problema del juez peruano se encuentra indisolublemente ligado a la crisis moral, educativa, económica y, en general, social que vive el país. Mientras las cosas no cambien sustancialmente con éste, es poco lo que podemos esperar de nuestra judicatura.
5. El Tribunal Constitucional (TC) ha expedido fallos muy polémicos en los últimos meses, ¿qué opina usted respecto de la actuación de este órgano?
Creo que la existencia de un TC es esencial para que el Perú alcance los estándares mínimos de cualquier Estado democrático de derecho. Esto es irrefutable. Sin embargo, desde su creación sus sucesivos miembros han venido demostrando, cada vez con énfasis más marcado, no estar preparados para afrontar adecuadamente la inmensa responsabilidad que se les encomendó.En no pocas ocasiones hemos sido testigos de cómo este órgano constitucional no sólo ha repetido sino que, debido a la presunta superioridad de sus jueces respecto de los ordinarios y la autoridad que formalmente ostentan sus decisiones, han amplificado los desaciertos del Poder Judicial. No obstante ello, no creo que el camino sea eliminarlo, sino más bien limitar su ámbito de actuación hacia aquello que resulte esencial e irrealizable por parte de un juez ordinario: el conocimiento de los procesos de inconstitucionalidad.El resto de procesos constitucionales deberían volver al fuero ordinario. Con ello las cosas no necesariamente estarán mejor –aunque ciertamente los procesos de esta índole durarán un tercio menos de su media actual– pero al menos mejorarían las condiciones para ensayar una solución. Hoy por hoy la tutela de los procesos constitucionales intersubjetivos, donde destacan el amparo y el hábeas corpus, es igual de mediocre en el fuero ordinario que en el constitucional. Pero a esto se suma otro problema. Ambos estamentos colisionan permanentemente. Uno dice que la tierra es plana, el otro lo “corrige” y dice que es redonda, pero que el sol gira alrededor de aquélla. Una situación semejante, además de ser inconstitucional (porque atenta contra la unidad de la jurisdicción), genera un entrampamiento sin posibilidad de salida. Dejemos que el TC cumpla su función original y que los demás procesos constitucionales encuentren su cauce en la jurisdicción ordinaria, con jueces especializados (que ya los hay) y una Corte Suprema única (que no existe) que fije las directrices y vaya armonizando el camino. No hay remedios mágicos, pero creo intuir en lo expuesto el camino más razonable para comenzar a salir del hoyo en que nos encontramos.
6. ¿Está escribiendo un libro actualmente?
No paro de leer, aprender nuevos idiomas y profundizar mi conocimiento sobre otras experiencias jurídicas pasadas o contemporáneas, aplicando, en la medida de mis posibilidades, métodos comparativos que me permitan identificar las deficiencias y virtudes de nuestro ordenamiento procesal. Sin embargo, la decisión de publicar un libro me resulta más compleja.La salida de “Teoría Cautelar” en el 2002 fue exitosa al menos en el terreno comercial. Se vendieron los 5000 ejemplares tirados en seis meses. En el 2001 escribí 4 monografías que compilé en un libro tres años después y que me dejó más satisfecho aún. Este año será publicada una traducción de aquél en Brasil. De ahí hasta la fecha he publicado unos 50 artículos jurídicos, y otra cantidad similar no han visto la luz porque no me satisfacen del todo. En otras palabras, escribo pero no me animo a publicar.Mientras más aprendo, más dudas aparecen, consecuentemente la decisión de exponer alguna idea se me hace más grave. No obstante, no veo esto como una limitación. Ya llegará el momento en que las cosas escritas merezcan ser publicadas.Hace un par de años concluí el esquema básico y las lecturas que me había impuesto para redactar un tratado sobre arbitraje. En el Estudio hemos tenido una interesante carga de procesos de esa índole, pero aún no me siento capaz de escribirlo como quisiera.Me seduce también la posibilidad de sacar una segunda edición de la “Teoría Cautelar”, tres veces más grande y con mucha información adicional a la que tuve a los 26 años. He comenzado ya a modificar varios capítulos de aquélla.Tengo otros proyectos en ciernes como un “Comentario al Código Procesal Civil” que emule la imponente obra de Satta que alcanzó los seis tomos; un libro que se denomine “Las garantías constitucionales del proceso” que desarrolle de manera exhaustiva todos y cada uno de los principios fundamentales sobre los que se sustenta el Derecho Procesal peruano y, finalmente, otro en estilo más coloquial, destinado al estudiante, pero sobre todo a quien ejerce el proceso profesionalmente sea como abogado, como juez o como auxiliar de éste. Se llamará “Derecho Procesal Civil peruano”. Sería un pequeño guiño a la obra de Emilio Betti, quien antes de civilista fue procesalista, pero sólo en el título, pues en su contenido, abandonando cualquier referencia doctrinaria (molesta para quienes se enfocan en el trabajo cotidiano), describiré y ensayaré algunas soluciones a los principales problemas que afronta el proceso civil en el plano práctico. Paralelamente a esos trabajos de largo aliento, tengo otras monografías pendientes. Varias de ellas están terminadas, como el caso de un trabajo dedicado al proceso civil en Roma, que lo escribí para un curso de especialización en Historia del Derecho y otra sobre el interés para obrar, un tema fascinante. Espero darles los retoques finales este año.En el futuro inmediato intentaré ordenar un poco mis ideas, moderar la efervescencia inicial con que llevo adelante un proyecto editorial denominado Communitas y comenzar a cumplir con todas aquéllas personas a quienes irresponsablemente he prometido trabajos que no he llegado a concluir.
7. ¿Quiénes son los juristas que más admira?
Admiro a todos aquellos juristas que en su vida diaria son consecuentes con aquello que predican por escrito o en las aulas, por eso no puedo dejar de poner a mi padre en primer lugar. Admiro también a José Carlos Barbosa Moreira porque la simpleza de su escritura no desmerece un ápice su rigor intelectual y su genio. Cada vez que lo leo pienso “¡Caray! ¿Por qué no se me ocurrió eso a mí?”. Admiro a Salvatore Satta porque a pesar de su hosquedad y de haberse granjeado tantos enemigos (con y sin razón) a lo largo de su vida siempre fue valiente al enfrentarse a los grandes, supo reconocer sus errores y mantener, ya entrado en años, el fuego que lo animaba a interesarse por todo problema jurídico. Por si fuera poco, en sus últimos momentos, cuando muchos comenzaban a enterrarlo vivo, tuvo el coraje de no dejarse aislar escribiendo, él sólo, una revista fabulosa y única en su género: los seis tomos de “Quaderni del diritto e del processo civile”.Admiro también, a pesar que muchos de ellos, al igual que yo, no se conciben como juristas, a no pocos compatriotas contemporáneos –algunos mayores otros menores que yo– que a pesar de las deplorables condiciones de nuestra formación jurídica, nunca renunciaron a formarse por sí mismos, a buscar sus propios caminos en el país o fuera de él. Aquellos forman parte de una camada de intelectuales que dentro de sus especialidades van construyendo un nuevo Derecho peruano, que estoy seguro pronto dará qué hablar. No tengo el gusto de conocerlos a todos, mi indomable misantropía no me lo permite y, además, por lo que leo, presumo tener con más de uno profundas discrepancias ideológicas, pero eso es lo de menos. Me siento plenamente identificado con ellos y con su búsqueda de un futuro distinto, frente a tanto pasado que hay para el olvido.
8. En general, ¿cuáles son sus libros favoritos?
Difícil pregunta. En el plano jurídico consumo todo lo que encuentro. De preferencia temas de mi especialidad, de teoría y filosofía del derecho, lógica y argumentación y derecho constitucional, en ese orden. Actualmente estoy leyendo las traducciones portuguesas de “Legal Reasoning and Legal Theory” de Neil MacCormick (São Paulo, 2006) y de “Systemdenken und Systembegriff in der Jurisprudenz” de Claus-Wilhelm Canaris (Lisboa, 2002), la maravillosa tesis de mi hermano sobre las costas en el proceso civil, así como la traducción al español de “Théorie de l’arbitrage” de Bruno Opetit (Bogotá, 2006). Fuera del derecho me tiene subyugado “La montaña mágica” de Thomas Mann y “Guerra y Paz” de Tolstoi. Por último, entre otros libros, mi padre me regaló en la navidad pasada la primera edición de “Adiós al séptimo de línea” de Inostrosa y “Cuentos contados dos veces” de Nathaniel Hawthorne. Ambos están en mi mesa de noche y les doy picotazos siempre que el tiempo lo permite. Leo también textos de psicoanálisis y de historia. Hace poco me compré “La naturaleza humana” de Donald Winnicott. Lo leí hasta la mitad apenas llegó y esta semana pretendo darle la estocada final. En conclusión, mi libro favorito es el que tengo entre mis manos. El proceso es lo mío, pero no soy enemigo de ninguna materia, género o especialidad.9. ¿Qué es lo que más disfruta hacer en sus tiempos libres? Mi familia es mi patria. Mezclado entre ellos soy feliz haciendo lo que sea. La primera década de este siglo, que comenzaba incierto, me trajo a mi mujer y, poco después, a mis dos hijos. Hasta el día de hoy sigo paseando por mi casa en las madrugadas leyendo, pensando, soñando, escribiendo, pero verlos dormir, oírlos respirar es lo más parecido al paraíso. Y es que la sonrisa de mis padres, la conversación con mis hermanos, los cuidados de Paola y el amor de mis hijos no se compara con todo el oro del mundo ni con el mejor libro que tal vez nunca llegue a escribir. Antes que procesalista, soy hijo, hermano, padre, esposo, tío, primo, sobrino o nieto. Entre ellos quiero vivir y así espero morirme.